Hermano Jesús Gil Gil

EL HERMANO JESÚS GIL, UN GESTO QUE PUDO CAMBIAR UNA VIDA.
Por Javier Burrieza Sánchez

El día de Santa Clara de este año 2021 amanecía con la noticia de la muerte del H. Jesús Gil y Gil, Hermano de La Salle, profesor del Colegio Nuestra Señora de Lourdes entre 1973 y 1987, muchos años para perfilarse como un hombre muy conocido, importante y de garbo con los alumnos de los años setenta y ochenta. Cuando concluía el curso 1986-1987, el correspondiente a mi séptimo curso de EGB, nos comunicó que el visitador le enviaba al Colegio de La Salle de Burgos, donde ha permanecido muchos años también, hasta su último retiro en Arcas Reales. Salir de Valladolid y de su Colegio de Lourdes, le costó mucho porque le gustaba, se sentía a gusto, era un hombre de gobierno en el centro, entendía muy bien sus engranajes, con su bata blanca, muchas veces desabrochada como queriendo dar mayor velocidad a la vida colegial, a una vida colegial exigente. Aquellas clases de idiomas no eran para perder ni un minuto, casi de una marcialidad absoluta en el vocabulario, en la conjugación de los verbos.
Nosotros le conocíamos muy bien, su voz potente, todo un futbolero (yo creo que del Madrid aunque se empeñó que uno de nuestros compañeros era del Sabadell por la camiseta que llevaba y le decía siempre: "que empiece el del Sabadell..."). No se cortaba ni un pelo. Entonces era nuestro jefe de estudios, de la segunda etapa de EGB y antes había sido del llamado ciclo inicial y medio. Y ahí voy yo, el H. Jesús Gil era el encargado en los últimos setenta, primeros ochenta de hacer aquellas entrevistas a los nuevos alumnos del Lourdes, los que para entrar hacíamos un examen de nivel. Eso no quería decir que allí estudiásemos solamente los que dominaban en 1º de EGB la lectura, la escritura, sumar y restar. Me imagino que aquel examen era para situar un poco al alumno, para configurar los grupos de aquellos "peques" del Colegio como nos llamaba su buenísimo amigo y Hermano Fortunato Berciano. Y vuelvo al H. Jesús Gil, la buena química que surgió entre mis padres y aquel Hermano hizo que un servidor fuese matriculado en el Colegio de Lourdes. Aunque los plazos se habían agotado un poco. De ahí que su gesto de familiaridad cambiase mi vida y mi vida para bien ¡Qué hubiese sido yo, sin ser un chico del Lourdes! ¡Pues una persona distinta!
Aquel Hermano estimulaba con algo muy sencillo, las bolas de anís (buenísimas, las mejores las azules) y el famoso regaliz. Esa pedagogía ya se encontraba muy repartida, no era selectiva como antaño. Y él era el caudal, el representante de todo aquello. Repito , un hombre de gobierno que con otros Hermanos llevaban aquel Colegio de chicos y solamente algunas chicas en COU y las que habían comenzado cuatro años por debajo de nuestro curso de 1980-1981. El H. Jesús Gil es un magnífico símbolo del Colegio que nosotros, los de mi generación anterior y posterior conocimos, del Colegio que nos formó con exigencia, con cierta marcialidad, responsabilidad y que nos transmitían una bella forma de descubrir a Dios en nuestras infancia y juventud. Como decía Juan Cabezudo cuando murió hace unos meses el H. Emilio Mazariegos, "¡qué duro se hace cuando se mueren, cuando se van, cuando desaparecen los maestros que hemos tenido, que nos han querido, aunque a veces les dijésemos. "pues no me quiera tanto Hermano". Nuestra juventud se marchita un poco con ellos.
Permitidme un último apunte de emoción. El H. Jesús Gil junto con el H. Fortunato y otros Hermanos que llevo en el corazón y que ellos lo saben, me unen mucho a mis padres. Estos últimos años, cuando el H. Jesús Gil y yo nos hemos encontrado, han sido muchos los gestos de cariño, de emoción precisamente porque ambos sabíamos lo que nos decíamos sin muchas palabras y a veces nos ha costado terminar la conversación por teléfono. Nos acompañó también a mi promoción de 1991-1992 en nuestras Bodas de Plata hace cuatro años. Sabíamos que nuestros profesores se nos habían hecho muy mayores.
Yo me imagino el Cielo como una gran reunión de amigos en el Señor, como decía san Ignacio de Loyola, y hoy le habrán salido a recibir muchos, entre ellos el H. Fortunato, recordando las tierras leonesas donde ambos veraneaban, el pueblo de Fortu. Pero sobre todo, le habrá salido a recibir Dios con su luz y su amor inmensos. En Bujedo iremos a rezar a aquel cementerio que para los lasalianos es tierra santa. 

Hermano Emilio López Mazariegos

Por Javier Burrieza Sánchez (uno de sus niños de Primera Comunión)

Ayer por la tarde murió en la Residencia de Arcas Reales el Hermano Emilio López Mazariegos, un nombre que para los alumnos de los años ochenta del Colegio de Lourdes significa cercanía a Dios, maestro de espiritualidad, devoción a la Virgen María. Para las generaciones posteriores es todo un desconocido, porque la memoria e incluso la historia, donde la memoria empieza a transformarse en ciencia, es a veces cruel y efímera (más me refiero a la memoria), y parece que los nombres y las personas se borran y no han existido jamás. Además, los últimos años del H. Emilio han sido terriblemente difíciles, hundido en la más profunda depresión, lo que le impedía el desarrollo de una vida activa, pues este maestro lasaliano podía habernos dicho todavía, en estos últimos años, muchas palabras. Quizás las últimas, a modo de testamento, las pronunció en el Teatro del Colegio, en 2009, cuando con motivo de los ciento veinticinco años del Colegio, el H. Javier Abad (entonces director del centro) y un servidor nos empeñamos en que el H. Mazariegos tenía que hablar. Lo hizo y brilló en él la chispa con la que encendía en los años ochenta la espiritualidad de muchos alumnos del Colegio. Tiempo después ha habido mucho silencio y mucho sufrimiento interior. Uno se pregunta el porqué de estos finales vitales cuando tantos han sido los dones derramados.

Mazariegos era un apellido con chispa (sí me repito). Al menos para mí y para algunos de mis compañeros de quinto de EGB, en apenas unos meses, fue nuestro catequista de la Primera Comunión, en aquel año 1985 en que nos encaminábamos al 5 de mayo en que estaba fijada esta Eucaristía en la capilla del Colegio de Lourdes. Tengo grabados muchos momentos de esas catequesis. El Hermano parecía que tenía contacto directo con Dios. Su voz delicada, su mirada, su pelo canoso, su sonrisa, su hablar pausado, deshaciendo las palabras. Me acuerdo cuando le preguntamos qué teníamos que rezar después de recibir a Jesús y él nos habló de ese encuentro entre Tomás y Jesús después de la Resurrección y las palabras cuando comprobó que aquel que tenía delante era Cristo Resucitado, al comprobar las llagas: ¡¡¡Señor mío y Dios mío!!! Y eso se me quedó muy grabado en mi vida religiosa. Sobre todo el Hermano adquiría una dimensión especial en la capilla. Él estaba a un lado, no era el celebrante naturalmente, pero en realidad parecía serlo. Mazariegos era un hombre místico, de los que no suelen existir, muy devoto de la Virgen y especialmente de la Virgen de Lourdes. De hecho él había sido alumno interno del Colegio desde 1947 y hasta 1954. Había nacido en Melgar de Arriba, en la provincia de Valladolid, en 1934, donde también años antes había llegado al mundo otro importantísimo Hermano de La Salle, el H. Guillermo Félix, asistente del Superior General. Como alumno del Lourdes conoció días brillantes en el Colegio, porque participó en los Campeonatos Escolares, esas competiciones deportivas nacionales que dieron fama en todo el país a este Colegio de los Hermanos que los ganaba año tras año y hasta en cinco ocasiones. Al concluir el Bachillerato decidió entrar en el Instituto de los Hermanos y allí recibió su nuevo nombre: Hermano Emilio de María. Una vocación que plasmó en un cuaderno vocacional titulado "Yo crucé la meta", donde mencionaba la importancia del acompañamiento que el H. Salvador (que vive en Bujedo) había tenido en su decisión.

Muchas cosas me gustaría averiguar de su vida. Precisamente, gracias a la iniciativa del H. Guillermo Félix, en Tejares (Salamanca) se abrió la posibilidad de formación teológica de los jóvenes Hermanos que pertenecían a este Instituto laical, con las habituales oposiciones de algunos eclesiásticos que se preguntaban cuál era la razón de que los Hermanos estudiasen Teología. Pero el mencionado H. Guillermo Félix contaba con profesores Hermanos formados brillantemente en la Universidad Gregoriana de Roma y dispuestos a abrir brecha junto al Tormes. Pioneros, como alumnos, de aquella casa fueron los Hermanos Pedro Chico, Emilio Mazariegos, Jesús Linares; Bernardo Villar, José Antonio Santana, Eduardo Muñoz; Carlos Cantalapiedra, Francisco Fernández Cilleruelo o Luis Miguel Fernández Renedo entre otros.. Algunos, como el Hermano Emilio, salieron como licenciados en Teología. Después vino Portugal donde llegó a ser director del Colegio de Abrantes. ¡¡¡Cuántas posibilidades se podrían haber abierto para los Hermanos en nuestro querido vecino portugués!!!

A Valladolid, a su Colegio, regresó en dos ocasiones, entre 1976 y 1980, entre 1983 y 1986. Fueron años en que por todos los sitios se veían Hermanos jóvenes y muy dinámicos que han marcado profundamente a estos sus alumnos. Convivían con otros veteranos como los HH. Eduardo Montero, Gregorio Hermosilla, Peter o Delfín Seco, algunos todavía con sus sotanas y baberos. Y cuando llegó aquel 5 de mayo, tanto el H. Emilio como su compañero en estas tareas de catequista, H. Inocencio Lorite (hoy en los colegios de Andalucía), tuvieron claro que los niños no deberíamos vestir trajes de marineros sino un conjunto sencillo, azul marino con corbata (la primera corbata que yo me puse) y con una cruz de madera en el pecho. Aquel día él me pidió que leyese la segunda lectura de la Eucaristía. Quizás también fue mi primera intervención en público. Y al día siguiente, en pleno mes de María, cuando en el Colegio todas las mañanas había una misa a las 8.30 y otra a las 9.30, muchos recibimos nuestra segunda comunión; y la tercera, la cuarta o la quinta en los días sucesivos. Él estaba allí, junto a la música, con ese deseo de rezar dos veces como decía San Agustín , cuando se canta, con los salmos y meditando letras tan recordadas como aquel "Tú me enseñaste a volar, con alas de pajarillo, cuando no era más que un niño, con miedo a la libertad". Una canción perfectamente aplicable a él y a otros muchos que vinieron después.

El Hermano Mazariegos desapareció, tras la siembra de todo este carisma en el Colegio. Nos dijeron que se iba a las misiones lo que provocó tristeza entre los alumnos. El destino era América, México, Centroamérica. Mucho nos había dejado en el Colegio. Incluso, tras el año del Centenario del Colegio en 1984, el Hermano Mazariegos coordinó la Memoria conmemorativa, bellísima, con la que se dio cuenta de todo lo que había sucedido allí en aquel año. Pero nuestro Hermano catequista se nos fue como aquellos misioneros, casi para siempre. Y como escribía muy bien y mucho tenía que comunicar, numerosos han sido sus textos de espiritualidad y de formación, con los salmos con los que se ha rezado en tantas comunidades religiosas y, por supuesto, de los Hermanos. Mazariegos fue maestro de espiritualidad y de oración, ya en el Colegio, con sus grupos de octavo o de quinto, sembrando entre los que hoy le recuerdan treinta o cuarenta años después y le reconocen en su vida espiritual; y también entre los que fueron objeto de su misión en una tierra distinta. Así lo probó en títulos como "Orar a pie descalzo", "Salmos de un corazón joven", "El tesoro escondido", "Alas de águila", "Seducido por el crucificado", "Fuego en las venas", "Al ritmo del Evangelio", "Emaús camino de la conversión", "El desafío eres tú mismo" o "Jesús valiente guerrero". Sabía comprender un ámbito de la relación con Dios que otros no tenían la llave para entrar en él y así lo plasmó en la vida de un Hermano español místico, de otro tiempo, llamado H. Benjamín Antonio, enterrado en la iglesia del monasterio de Bujedo, y cuya vida tengo entre mis manos mientras escribo, bajo el título de "El aroma del romero".

El Hermano regresó. No vamos a entrar aquí en circunstancias. Quizás su sensibilidad no estaba hecha para recibir determinados gestos y palabras, incluso dentro de la Iglesia; quizás cuando volvió se encontró una realidad bien distinta a la que había dejado años atrás, diferente incluso en los colegios de los Hermanos. Quizás no entendió que estaba solo ya ante ciertas percepciones. Y Mazariegos ya no supo cómo encender aquella chispa. Su mirada ya no tenía la fuerza de aquellos años ochenta.
Creo que no se enfadará mi compañero de Colegio, con algunos años de diferencia, Juan Cabezudo (hombre de teatro), si le cito en un correo que hemos mantenido esta mañana. Él conoció al H. Mazariegos muy bien en la experiencia de llevar a las tablas la vida de San Juan Bautista De La Salle con un texto que simplemente el Hermano tituló Juamba. Años después se reencontraron ante la magnífica versión de "Estrellas" y cuando recibió su felicitación (Juan había dirigido la producción) se emocionó con intensidad. Cabezudo me confesaba que la muerte de los Hermanos cada vez le afecta más y yo me reconocía en sus palabras... "es como si... muriese poco a poco nuestra juventud". Entonces, quizás ocurre al contrario que en la mencionada canción, nosotros no somos los que pasamos sino que ellos han entrado en nuestro interior, se quedan y nos duele cuando tenemos que soltar amarras vitales: "fue un referente para nosotros en esos años [ochenta], con esa presencia imponente que tenía y un empuje y vitalidad que te hacía remover sí o sí". Para siempre en nuestro interior de niño, de joven, de chico del Lourdes.... en parte es lo que llaman Sentimiento Lourdes... permanecerá el Hermano Mazariegos. Hermano... que no falten.

TÚ ME ENSEÑASTE A VOLAR... CADA CUAL ES LO QUE SUEÑA
https://www.youtube.com/watch?v=cVbh3z8P2bk

Profesor Pedro Bermejo

D.E.P. PEDRO BERMEJO
Por Jorge García (AA)

En plena crisis del coronavirus, pudiera parecer que la muerte es solo una estadística. Salvo que se trate de una persona famosa o de alguien con quien hemos tenido relación, a veces nos olvidamos que esas personas tienen rostro, nombre y apellidos. Hago esta reflexión tras enterarme de la muerte del que fue mi profesor de Educación Física en el Colegio: Pedro Bermejo.
Pedro me dio clase durante cuatro años, los cursos que van de octavo de E.G.B. a tercero de B.U.P., entre 1991 y 1995, sus primeros años en el Lourdes –luego estuvo nueve más-. Profesor peculiar donde los haya, amaba su profesión. Con formación castrense, su jerga es imposible de olvidar. Expresiones del tipo «¡a la carrera!», «¡quítese la guerrera!», «¡le sobran seis kilos de ropa!», o «corre como un pato», forman parte de mis recuerdos colegiales. Nos trataba de usted, siempre con voz enérgica, como el militar que adiestra a la tropa.
Fueron los primeros años que se dio gimnasia en el polideportivo. Recuerdo perfectamente cómo estructuraba el curso: primera evaluación, carrera de fondo; segunda, carrera de velocidad; tercera, aparatos; y cuarta, trabajo con balones medicinales. El último día de cada una de ellas dejaba “deporte libre” y jugábamos aquellos partidos de fútbol sala de quince contra quince.
Debido a mi destreza en carreras de fondo –modestia aparte-, me llamaba cariñosamente ‘Supergarcía’, apelativo que con toda justicia decidió quitarme el día que, no sé a cuento de qué, me entró una cabezonada y me negué a saltar el plinto. Inolvidables las carreras en el patio del jardín: salíamos del polideportivo, subíamos hasta la capilla, bajamos por el lado del teatro y después de bordear el río por los jardines volvíamos a entrar. Tantas vueltas como fueran necesarias hasta completar algo parecido al test de Cooper.
Cuando dejé el colegio, siempre que nos encontrábamos me preguntaba qué tal me iba la vida con su habitual sentido del humor. «¿Dónde está dando ahora el coñazo García?», solía decirme. Muy buena persona, guardo un gran recuerdo de él, su muerte no me es indiferente.
Desde aquí quiero mandar una oración y el pésame a su familia. Un abrazo y D.E.P. Pedro Bermejo.

H. Julián Tejedor

El Hermano Julián Tejedor Duque ha descansado en la paz de Cristo Resucitado el 14 de octubre de 2019, en Valladolid, a los 92 años de edad.

H. Fortunato Berciano

HERMANO FORTUNATO, SIMPLEMENTE “ESTAR”
"Te han robado el corazón los muchachos en la escuela, ellos pasan, tú te quedas, algo de ti llevarán"

El pasado 7 de abril, en la fiesta litúrgica de San Juan Bautista De La Salle, en una mañana soleada que entraba a borbotones por los cristales de la galería de Arcas Reales, el H. Fortunato y yo mantuvimos nuestra última conversación. Alguno de los Hermanos que nos encontramos me dijo que, en esta ocasión, era el alumno el que llevaba la silla de ruedas del profesor, cuando en nuestro tiempo en el colegio, había sido él el que había ayudado a andar intelectualmente al niño y al joven. La conversación fue bonita, profunda y los gestos los he leído ahora en otra coordenada: fueron gestos de eternidad. Uno de los argumentos que nos salió a colación fue la gran misión que tiene un profesor que quiere a sus alumnos, en la escuela lasaliana o en la Universidad: el profesor está presente de manera continuada, simplemente “está”.
Y eso es lo que le ocurrió al H. Fortunato en mi vida: estuvo presente, para auxiliarme, para enseñarme, para hacerme crecer. Por desgracia, mi experiencia de orfandad fue temprana y debo decir que él estuvo allí, junto a mí. Por eso, hoy, de alguna manera, la he vuelvo a sentir ¿Qué es un profesor querido para un alumno más que un padre? Los gestos que prueban todo ello fueron tantos, que ahora casi no me atrevo a separarlos.
Profesor de diversas asignaturas, de música, de lengua, de latín; jefe de estudios, heredero un poco de aquel prefecto en unos nuevos tiempos de organización escolar; responsable del internado y, por tanto, muy pendiente de todo lo cotidiano de muchos de mis compañeros que tuvieron con él esa relación especial, cuando se encontraban lejos de su casa. Por eso, estuvo de manera muy presente en los cuatro años de nuestros cursos de BUP y COU. Una disciplina, organización, disposición colegial adecuada y exigente estaban a su cargo. No necesitaba hacer muchos gestos, no tenía que elevar demasiado la voz para organizar a aquellos adolescentes entre catorce y dieciocho años. Simplemente, tenía que estar. Naturalmente, todos contribuíamos, aunque fuésemos buenos estudiantes, a que aquel orden se rompiese por alguna esquina, pero difícilmente lo conseguíamos. En algún momento, al H. Fortunato le operaron de su espalda y, al regresar al colegio, se incorporó pronto con un bastón. A nuestro jefe de estudios, no sé si aquel bastón le servía para su espalda y sus piernas, pero a mí me daba la sensación que con él más bien nos pastoreaba hasta exteriormente.
Recuerdo la primera huelga general que se convocó en España, un 14 de diciembre de 1988. En nuestros padres había preocupación y dudas sobre nuestra asistencia al colegio. Nos acompañaron hasta las aulas porque los Hermanos decidieron que la jornada se desarrollase para todos los que lo deseasen, con normalidad. Yo imaginaba que, ante aquella situación, a la puerta principal, iba a encontrarse la policía. No ocurrió así. En el centro del patio, donde hoy se encuentra pintado el escudo, en un día plomizo, estaban dos Hermanos, vestidos con sus gabardinas. Esas eran nuestras “fuerzas antidisturbios”, para ese día: el Hermano director Tomás González, y nuestro jefe de estudios, el H. Fortunato ¡Cómo se quedó en mí grabada aquella imagen, qué simbólica y significativa era para nuestros años de adolescencia!
Cuando era estudiante de primero de BUP, en el curso 1988-1989, mi padre enfermó gravemente y tuvo que ser operado. El H. Fortunato se encargó que mi sufrimiento fuese el mínimo, que aquel niño de catorce años no se enterase, que estuviese tranquilo y en los dos cursos siguientes, en que mi padre experimentó una cierta mejoría, mi vida como estudiante y como joven no estuvo influenciada por esa situación. En ese cuidado, estuvieron muy presentes mi madre y el H. Fortunato ¡Cuántas veces acompañado de otros Hermanos, le fueron a visitar al hospital, a casa y qué cariño derramaron los Hermanos de la Salle sobre nuestra familia! Esa situación no la he podido olvidar nunca y ha influido notablemente en mi vida, en mis percepciones y en mis actuaciones. El H. Fortunato, junto a otros de mis profesores lasalianos, “estuvieron”, estuvieron en mi vida, de manera constante, cariñosa y exigente, ayudándome a corresponder ante lo que pedía el futuro, en forma de preparación intelectual y espiritual, modelando al adolescente. Un mes antes de que comenzara COU mi padre falleció y nunca nos sentimos solos desde la excelente familia del Colegio de Lourdes. En ese último curso, no se sentó delante de mí el H. Fortunato. De nuevo, sus gestos fueron los que me sirvieron para entender qué es lo que debía hacer. Gestos imperceptibles, en los cuales el alumno conoce lo que le quiere decir su profesor.
Un buen día, cuando se iba acercando el final de nuestra estancia en el colegio, me pidió que hiciese el discurso de despedida a los finalistas. Iba a ser un acto entrañable. El H. Fortunato me confió mi primera intervención en público. Debía escribir el discurso, tener responsabilidad sobre su elaboración. Me ofreció corregirlo —para eso era profesor de Lengua— y ensayarlo. Así lo hicimos, respetándome absolutamente todo lo que deseaba decir. Aquella intervención, un 17 de mayo de 1992, tuvo sus tramos emotivos, divertidos y de recuerdo, entre ellos a mi padre que no estaba allí cuando también había estado en todo hasta entonces en mi vida. Cuando terminé y mis compañeros me premiaron con un aplauso cariñoso, él me abrazó y me dijo al oído: “has emocionado a tu madre”
¿Puede haber algo más lasaliano en la conmemoración de este tercer centenario de nuestro padre San Juan Bautista De La Salle qué decir “gracias” y “te quiero” a sus buenos hijos que cuidaron de nuestra formación, de nuestro desarrollo, que nos exigieron, que nos prepararon para la vida? Uno de aquellos buenos hijos de nuestro santo fundador fue el H. Fortunato Berciano. Gracias, gracias y hasta siempre, amigo, hermano, maestro… “tú me enseñaste a volar”.

El H. Fortunato Berciano ha fallecido hoy en Valladolid, a los 83 años. El funeral y entierro será el lunes 22 de abril, a las 16.30 horas, en el monasterio de Bujedo en Burgos, adonde llegó con muy pocos años para ser Hermano de La Salle.

Javier Burrieza

H. Moisés Fuente Fuente

Moisés Fuente Fuente nació en la localidad burgalesa de Guinicio, pedanía de Miranda de Ebro, dos meses antes de la proclamación de la II República. Muy cerca de allí, en el Monasterio de Bujedo, encauzó su vocación religiosa como hermano de las Escuelas Cristianas. Ya retirado, en este cenobio ha residido con el mismo espíritu activo y laborioso que le caracterizó siempre, al cambiar las clases por el cuidado primoroso de sus colmenas como gran apicultor, y por su laboreo azada y hocino en mano por el huerto. Un fausto ejemplo de envejecimiento activo.

Esta semana ha subido a la casa del Padre. Ha podido descansar en la paz de Cristo resucitado un trabajador infatigable, un docente vocacional que no se aburrió un minuto en su vida, que no sabía estarse quieto, que dejó entre sus alumnos unos valores indelebles para andar por el mundo como personas de bien.

Era sincero, directo, transparente como el cielo de Castilla. Enérgico, casi marcial. Llenaba el aula gracias a su aire de general con mando en plaza. Contribuía su voz grave de tenor, que imponía respeto, pero a la vez era cercano y defensor del débil. Explicaba más sentado entre nosotros que en la tarima, y lograba sacar lo mejor de cada alumno.

Tuve el privilegio de que fuera mi tutor en quinto de EGB, en el curso 1983-84, cuando el Colegio Lourdes de Valladolid cumplía su centenario. Cuando aún el incipiente felipismo no había despeñado el sistema educativo español hacia la ruina y la mediocridad. Ninguna materia se le resistía: del análisis sintáctico a las conjugaciones verbales, del cálculo mental a las tribus de Israel del Antiguo Testamento, de la muerte de Viriato a la ortografía a base de dictados y redacciones. Tenacidad y disciplina que también llevó al deporte, porque amaba el baloncesto. Un maestro de maestros que nos formó espléndidamente. Sin milongas ni informe PISA. Gracias de corazón, hermano Moisés.

Ignacio Miranda en ABC (https://www.abc.es/espana/castilla-leon/abci-maestro-maestros-201812220831_noticia.html)

Hermano Isidro Arce

Ha fallecido el Hermano Isidro Arce, religioso de La Salle que ha vivido sus últimos años en el Colegio Nuestra Señora de Lourdes hasta que en el mes de junio, el deterioro de su salud obligó su traslado a Arcas Reales. El Hermano Arce era un gran tímido, cariñoso, siempre deseoso de mantener amigos y conversaciones a pesar de que no tenía facilidad para ella. Sin embargo, el Hermano Arce estaba ahí, hacia presencia, algo que es muy lasaliano. Pequeño de estatura y con un constante maletín en sus manos que nos hacía reír, yo estoy convencido que llevada la santidad metida en ese maletín, la santidad de la sencillez, del servicio, en lo pequeño, en lo cotidiano, queriéndolo hacer todo bien, sin imprevistos. Así era el H. Arce que había estado anteriormente en el colegio de Santiago de Compostela. Echaremos mucho de menos, la presencia cariñosa del H. Arce, con sus 86 años. Habrá un funeral en Arcas Reales hoy 24 de agosto a las ocho y su entierro en Bujedo en la tarde del sábado 25 de agosto. Desde la Asociación de Antiguos Alumnos del Colegio de Lourdes le agradecemos su cariño y comunicamos a los Hermanos de esta Comunidad nuestro cariño. Javier Burrieza y la Junta Directiva de la Asociación.

José Luis Mosquera Pérez

Promoción de 1941-1942.

José Luis Mosquera, presidente de la Diputación de Valladolid de 1968 a 1976 y Asociado de Honor del Colegio Lourdes desde 2012, falleció en Madrid el día 15 de mayo de 2018. Descanse en paz.

+info

 

Javier Prieto Escudero

Falleció en Valladolid el día 27 de febrero de 2018, a los 34 años de edad. Descanse en paz.

Javier Pérez Pellón

Ha fallecido D. Javier Pérez Pellón, antiguo alumno del Colegio y corresponsal que fue como periodista en Roma. Una de sus últimas obras, "Oraciones para una guerra", hacia amplias menciones al Colegio de Lourdes.